Jóvenes, elegantes, ambiciosos, carismáticos. Hay quien dice que sexys. Los nuevos ‘príncipes’ de la política mundial han escalado a la cumbre enarbolando ‘programas 2.0’ -nuevas tecnologías, feminismo, cambio climático-, cuerpos tallados por el cincel del ‘crossfit’ e impecables fondos de armario. Encarnan el futuro. Un porvenir planchado y alejado de una arruga que ya no equivale forzosamente a sensatez -mírese si no a sus homólogos Donald Trump, Vladimir Putin o Recep Tayyip Erdogan- y que ha dejado de rentar electoralmente, a juzgar por el progresivo alejamiento ciudadano de la política.

El último milagro juvenil se llama Sebastian Kurz. Apenas se había quitado la toga universitaria cuando hace cuatro años se convirtió en ministro de Exteriores, a los 27. Y el próximo domingo -con las riendas del Partido Popular (ÖVP) también en la mano- puede convertirse en el canciller más joven de la Historia de Austria, con sólo 31 años. La hazaña le ha colocado en la estela de otros representantes de esta ‘Generación Kennedy’, heredera de un glamour político que el presidente estadounidense convirtió en sello y que usó para desarmar con su magnetismo (y su bronceado) a un Richard Nixon desmejorado y tenso en el primer debate televisado de la Historia, allá por 1960.

Ahora que la televisión ha perdido el monopolio de la comunicación directa con el votante, sus delfines reinan en las redes sociales cuidando el mensaje y una marca en la que la apariencia cuenta. No olvidemos los 26,000 euros que Emmanuel Macron gastó en maquillaje en apenas 100 días sobre el trono elíseo, al que llegó a los 39 años. “Francia se mata a trabajar mientras Macron se pone 23 salarios mínimos sobre la cara”, tuiteaba el ‘número dos’ de Marine Le Pen, Florian Philippot (hoy caído en desgracia y fuera del Frente Nacional).

Maquillado o no, la cuestión es que Macron logró el 7 de mayo una victoria fulminante bajo un mantra post ideológico de reforma que barrió de un plumazo a los grandes dinosaurios franceses. Con las ideologías derretidas por el ‘cambio climático’ de la globalización, los votantes apostaban por la (relativa) novedad, como puede ocurrir en Austria el domingo.

Republicanos y socialistas observaron cómo un movimiento recién nacido llamado En Marcha! -así, con exclamación final- ponía patas arriba el sistema de partidos en Francia, precipitando la fuga de conservadores a las filas del nuevo partido y hundiendo al PS de Hollande hasta un infierno histórico. “Hemos cambiado la cara de la vida política francesa”, se jactaba el presidente, hoy cuestionado en la calle tras la primera luna de miel, pero cuyo estilo sigue marcando el paso en cumbres como la del G-7 en Sicilia.

El romance Macron-Trudeau

Su romance en ella con el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, a quien acababa de conocer, se convirtió en ‘trending topic’. “Por primera vez estoy junto a Macron para hablar de trabajo, seguridad y clima. Deseando tener más conversaciones con mi amigo”, escribía Trudeau en unas redes sociales que ardían con las fotografías de ambos paseando juntos y deteniéndose a mirar melancólicamente el Mediterráneo. Las imágenes de los telegénicos mandatarios “parecían la secuencia de una fantasía liberal”, definía Dhruva Jaishankar, analista de Brookings Institution.

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