La minería es una actividad económica tradicional en México, desde que Europa pudo clavar sus colmillos en América Latina, el apetito por los metales preciosos volvió a México y otros países, el botín directo o indirecto de varios países europeos.

Una explotación que hasta la fecha genera riqueza para pocos y miseria y enfermedad para muchos. Grandes y tradicionales ciudades mexicanas tienen como razón de existir la explotación minera, una vocación tan extendida en el territorio nacional que la escuela de minería de la Nueva España llegó a ser – de acuerdo con el testimonio de Alexander Von Humboldt – una de las mejores a nivel internacional.

El oro y la plata generaron grandes ingresos a las arcas de España, que rápidamente fueron trasladados a otros países europeos, sobre todo aquellos que optaron por su desarrollo industrial y formas más efectivas de relaciones capitalistas, mientras que los Ibéricos se concentraban en formas aun altamente feudales.

En condiciones donde la calidad del trabajo era despreciada ante la abundancia de mano de obra miserable, la minería dejó un rastro de enfermedades y afectaciones físicas aun más severas que en otros lugares, donde de cualquier forma el obrero es despreciado. Aún en los albores del siglo XX la minería seguía siendo una de las principales actividades nacionales, la mina de Cananea era un ejemplo de producción, pero aún cuando las condiciones salariales eran considerablemente mejores al resto del país (algunos ya hubieran querido tener salario), fue el foco de una de las huelgas que detonaron la lucha revolucionaria.

Hoy la minería sigue siendo una actividad de gran relevancia, al grado de que el Estado la considera una actividad prioritaria, situación que favorece que cualquier otro uso del territorio – como la conservación ambiental- se pueda supeditar a la explotación minera; sin importar los estragos ambientales que éste genere. Tan relevante es la minería en materia económica que dos de los tres principales millonarios del país, que también están en el ranking internacional, se dedican a la minería: Germán Larrea y Roberto Bailléres.

Carlos Slim, el número uno, también tiene negocios en la minería, aunque no sea su principal actividad. Además de los empresarios mineros nacionales también abundan las empresas transnacionales, particularmente las de origen canadiense, que en México hacen con total libertad lo que las normas ambientales de su país no les permiten.

Además de las afectaciones directas a los trabajadores de las minas, es imposible valorar las afectaciones que ha provocado la actividad minera en la salud del resto de la población mexicana, pero la abundancia de enfermedades cancerígenas en ciudades de larga vocación minera seguramente no es una obra de la casualidad.

Hoy es más fácil reconocer esas afectaciones, o externalidades, porque tenemos oportunidad hasta de verlas en tiempo real, tanto los derrumbes que implican la muerte de mineros como los derrames de presas llenas de desechos tóxicos que matan todo lo que tocan. Los cuales se tratan de contrarrestar con multas ridículas en comparación a las ganancias de esas empresas.

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